Familia / Educar en el Amor

                           ¿Por qué fracasan los matrimonios?

Muchas cosas se envuelven en papel de diario, por ejemplo, los pescados que se venden en el mercado y que absorben en sus cuerpos húmedos las letras de sus mortajas de papel.

Cuando en una familia el dueño de casa se envuelve en el diario al desayunar para leerlo, sigue durante el almuerzo para terminar junto con él al irse a dormir, es señal que ya ha empezado a morir, parece que oliera a pescado muerto, enredado en sus propias redes, incapaz de comunicarse con su esposa e hijos, bloqueado en sus sentimientos, nadie puede atravesar el “muro de papel” que ha levantado para proteger o defender su intimidad. Ha empezado a morir como un pescado envuelto en diarios, cubriendo de letras las escamas del alma.

¿Cuándo empieza a morir un amor? Cuando los esposos no se miran, se aburren de estar solos, no tienen nada para decirse, tal vez no se oyen gritos, improperios, ni siquiera se discute, pero algo peor está cubriéndolos: la indiferencia, los cubre como una capa de silencio de muerte. Se deja pasar el tiempo sin que pase nada.

Se supone que, por estar casados, la unión está totalmente lograda, sin darse cuenta que el amor es una tarea que nunca termina: es necesario seguir descubriendo esas zonas del alma que están ocultas, sentir el respeto y la admiración que un día conmovió y estremeció el alma y el cuerpo. No acostumbrarse nunca y saber esperar siempre algo nuevo. No dejar que el amor se apague y que la indiferencia lo cubra con el polvo de la rutina.

Mucho y mal se habla hoy de la fidelidad, sin entender que ella consiste en mantener vivo el amor, en abrirse a la esperanza sin dejarse desilusionar por los límites de la realidad de la persona. No se es fiel a una institución sino a la persona, y para ser fiel al otro hay que ser fiel a uno mismo. Soy fiel a lo que yo he amado y he depositado en el otro, soy fiel a lo que el otro ha hecho florecer en mí. Somos fieles al “nosotros” que hemos ido construyendo juntos y que va rejuveneciendo los corazones.

¿Porqué fracasan los matrimonios? Se derrumban porque se deja morir al amor, porque enmudece el diálogo y ya no hay nada que comunicarse. La indiferencia todo lo cubre, y también las expresiones del sexo pierden vida y sentido.

La falta de comunicación es moneda corriente entre las parejas que se enamoran y van a casarse. Se habla de muchas cosas: de amigos, de viajes que les gustarían hacer, de negocios, de dinero, etc. pero poco se conversa de los sentimientos del alma, de los valores que quieren vivir, del sentido que cada uno le da a la vida, de las vivencias religiosas, de lo que quisieran hacer del propio matrimonio, de la familia que piensan construir.

El amor verdadero siempre camina acompañado de la verdad. Los que se quieren de verdad se iluminan uno al otro, no tienen miedo ni vergüenza de presentarse tal cual son, porque en el amor no hay nada que ocultar, no hay de qué avergonzarse y al mismo tiempo los estimula para que cada uno entregue lo mejor que lleva en su intimidad.

Cuando dos personas se quieren de veras, se encuentran en un diálogo permanente que los estimula a conocerse mejor, a sacar fuera lo mejor que cada uno lleva adentro. Los que se aman siempre tienen cosas que decirse, aún las limitaciones y defectos que aparezcan se sanan por la purificación que opera la verdad cuando nace del amor.

El diálogo no es un intercambio de palabras hermosas pero vacías, en el diálogo no solo hay un intercambio de conocimientos y verdades, hay un intercambio por el que dos personas al comunicarse se dan mutuamente.

“El diálogo nunca es orgulloso, hiriente y ofensivo. La autoridad del diálogo brota de la misma verdad que se expone, del amor que defiende, del ejemplo que propone. Nunca es imposición de un mandato externo “(Ecclesiam Suam)

La confianza en la persona y en la palabra del otro, en la rectitud de sus sentimientos, es el fundamento del diálogo. Es necesaria una total sinceridad para comunicar lo que en verdad se siente y cómo se siente. Es importante, antes de dialogar, hacer un silencio interno para escuchar los propios sentimientos.

Algo muy importante para poder dialogar es saber escuchar, estar atento a lo que el otro me quiere comunicar, a sus sentimientos, a su tono de voz, a la expresión de su rostro, en los que se traduce el alma.

Es necesario también dejar un margen abierto para recibir lo que no se llega a comprender por el momento, lo imprevisible que descoloca.

El diálogo supone la suficiente seguridad personal para estar dispuesto a cambiar de parecer y modificar las propias opciones.

Afirma Pablo VI: “Hace falta, aún antes de hablar, oír la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo…”(Ecclesiam Suam)